jueves, 8 de septiembre de 2011

Los retos del nacionalismo en el mundo de la globalizacion

La integración de las economías nacionales en bloques macrorregionales o subcontinentales sustenta la globalización. Dicho fenómeno fue denominado como tal a finales de los años ochenta, pero inició antes de ser merecedor del calificativo. Surgió en la Europa de la posguerra. Se hizo luego patente en otros contextos geográficos: en la Cuenca del Pacífico, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) fue creada en 1968 con la participación de Filipinas, Indonesia, Brunei, Malasia, Singapur y Tailandia. El Consejo de Cooperación Económica del Pacífico (Pacific Economic Cooperation Council- PECC por sus siglas en inglés) agrupaba en 1980 a cinco países desarrollados (Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda): se les unieron en una primera fase de expansión los fundadores de la ASEAN y, en las siguientes, Corea, China, Taiwan, Hong Kong, Brunei, México y Chile. Por su parte, el programa de Cooperación Económica en Asia Pacífico (Asia Pacific Economic Cooperation - APEC) fue fundado en 1989 por los 18 países anteriores. En América Latina, procesos similares iniciaron en los años sesenta con la creación de asociaciones macro o sub regionales en América Central, en la región Andina y en el Caribe. Los acuerdos de Cartagena y el Pacto Andino fueron firmados por Bolivia, Perú, Venezuela, Colombia y Ecuador mientras entre los socios del Mercado Común del Cono Sur (MERCOSUR), se contaban Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile. En América del Norte, Canadá y Estados Unidos suscribieron al terminarse la década de los ochenta un Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) del cual México se volvió parte a finales de 1992.
Originalmente, el concepto de globalización aludió a la interdependencia acrecentada de las economías nacionales y, por ende, al surgimiento de nuevas formas de asociación entre regiones. Representó, según las interpretaciones, una forma de organización radicalmente diferente a la internacio-nalización y a la mundialización  o bien su extensión. Sea la perspectiva elegida la de la continuidad o la de la ruptura, se reconoce por consenso que la integración produjo una intensificación de los intercambios; auspició la constitución de sistemas económicos que funcionaban en escalas supra y multi nacional. Esto acarreó profundos reacomodos en los patrones tradicionales de distribución de los poderes. Los principales afectaron a los estados-nación, mismos que perdieron el control de sus economías, sobre todo en lo referente al control de los flujos de los capitales transnacionales, a las respuestas ante colap-sos financieros, a las repercusiones mundiales de éstos (efectos "tequila", "samba" y "dragón") y a la capacidad de decidir la suerte de sus poblaciones e incluso sus prioridades de defensa.
Actualmente, la globalización no es sólo el resultado de una reestructuración de los intercambios comerciales y económicos y de un elevado grado de interpenetración de los mercados. Es también producto de otros fenómenos. Su impacto fue concomitante a la vez que acrecentado por el uso intensivo de las telecomunicaciones: al permitir la transmisión instantánea de la información, éstas borraron las distancias geográficas y temporales; en ese marco, el papel del conocimiento cambió, al punto de volverse una de las principales fuentes de poder. En consecuencia, se considera que la brecha más importante entre los países más avanzados y los menos avanzados consiste en la capacidad de producir o apropiarse conocimientos estratégicos. Esas tendencias, como las anteriores, no son de reciente aparición, dado que Mc Luhan auguró el advenimiento de la "aldea global" hace casi cinco décadas. Pero su acentuación y conjunción en un nuevo orden económico mundial explica por qué, recientemente, han provocado cambios significativos en la estructura de los mercados, en las elecciones de localización industrial y en las formas de organización del trabajo: se han minado las ventajas productivas de los países que ofrecían una mano de obra con reducido costo; se ha confortado la tendencia de lo que se ha llamado la "intelectualización de la producción".5 Han sustituido como determinantes de la competitividad, los bajos sueldos al uso intensivo de las tecnologías y de los recursos humanos calificados, con alto grado de adaptabilidad. En fin, han coadyuvado a la recomposición de las zonas de producción bajo nuevos criterios de integración y, en consecuencia, han causado la imbricación creciente de los territorios bajo esquemas que no corresponden ya a las pautas históricas de intercambio entre naciones.
Además de transformar las relaciones de poder económico y vincular de otra manera a los actores sociales y productivos, tradicionales y emergentes, las nuevas interconexiones económicas y el entrelazamiento de los sectores de comunicación se han traducido en una mayor uniformidad en los referentes: sea en el marco de una homogeneización impuesta, también llamada por antropólogos, como Ribeiro, de "modernización refleja", o en el de una creadora, han alentado el predominio de formas de desarrollo no concertadas o bien la reelaboración de los referentes propios. Los proyectos de integración económica con fines de competitividad comercial tuvieron así repercusiones ideológicas y sociales des y reestructurantes en cada uno de los bloques en los que se concretaron. A su vez, dichas consecuencias se ubicaron en el corazón de los debates actuales sobre las estrategias de crecimiento económico, sobre los modelos de desarrollo, sobre las políticas pero también sobre la ética y la moral pública.

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